viernes, 21 de agosto de 2015

Narración 6

Una indiferencia.
La tarde pasada, María estaba tranquila en el sofá de su casa. Era martes y los martes por la tarde tiene fiesta en el trabajo. Por la ventana del comedor entraba una luz intensa y desparramada que no dejaba hacer la siesta, ni siquiera dormitar. Entraba una luz alegre de la que coge de la mano y tironea hacia la calle. Tarde de paseo. Tarde de dejarse llevar por pisadas caprichosas sobre el asfalto. Hacía días que no dedicaba un rato a hacer el perro ni a estar tranquila. La discusión de la semana pasada la había dejado sin ganas de hacer nada. Fue una bronca descomunal a raíz de que María planteara su necesidad de socializarse un poco más. Pasaba mucho tiempo sola en el trabajo y casi no tenía amigas. Sólo contaba con esos encuentros esporádicos de pareja que esperaba con ilusión aunque solían acabar con alguna lágrima y unos cuantos berrinches. María estaba sola por dentro. De todas maneras, estaba más animada, tenía ganas de ver la luz y de cansarse a base de andar. María estaba contenta con los planes de reconciliación: cuando llegara a casa quería escribirle un mensaje largo y tierno, de aquellos que dicen “voy hacia ti para convertir tus amenazas en caricias”.

Eso de vivir lejos le hacía vivir una relación hecha de encadenar paréntesis, de amontonar trozos de vivencias y de recortar discontinuidades. Pero, es tan agradable la espera cuando ya tiene fecha el encuentro. Encuentros debidos a separaciones sin sentido y sólo explicables desde la truculencia de la relación. Podían haber unido sus vidas desde el primer día ya que desde que se conocieron tenían trabajos temporales y esporádicos que no hubieran entorpecido la convivencia bajo un mismo techo. Y es que a veces, las relaciones se moldean en estructuras caprichosas.

Lo importante de esta tarde es que María estaba animada, canturreaba en voz baja marcando un ritmo decidido a su paso. Fue esta animosidad lo que le impidió darse cuenta de la mirada de quien la estaba siguiendo desde hacía un buen rato. Era una mirada fija, de las que buscan el punto óptimo de encuentro. Cuando María pasaba por delante de la puerta abierta de un garaje, no se dio cuenta de que su agresor corría hacia ella para empujarla hacia dentro y cerrar la puerta. María se quedó de pie intentando acomodar la vista al cambio brusco de iluminación. Entendía lo que estaba pasando pero, no podía reaccionar. De un empujón cayó al suelo boca arriba y no hizo gesto alguno cuando sintió que la estaba apuntando con un cuchillo en la cara. Aún recuerda el tacto firme de la punta haciendo presión en su mejilla hasta abrir una herida superficial pero lo suficientemente profunda como para dejar una marca perenne, como si fuera una pequeña ventana con miras a este infierno particular. Ventana sin reflejos donde sólo había unos ojos que la miraban y que la mantenían en un estado de alerta cada vez más tenso a pesar que sabía muy bien cual iba a ser el paso siguiente. María acababa de descubrir que las miradas tienen textura y color. Esta mirada era metálica y amarilla y se resistía a quedarse en un recuerdo. Siempre será un presente.

María, aplastada contra el suelo, sentía un dolor difuso en todo el cuerpo que borraban sus espacios dialécticos hasta dejarla sin poder procesar señales ni construir pensamientos. María no estaba allí mientras el dolor crecía y buscaba alojarse debajo de las uñas y en las raíces de los pelos. María estaba borrada mientras le llegaba como si fueran brasas, la calidez de las gotas de saliva que saltaban a su cara cada vez que explotaba una de las burbujas que se iba formando en la comisura de la boca de su agresor. A la vez, María sentía una turgencia creciente que le apretaba el pubis. No podía recordar el momento que le arrancó las bragas pero, ese rascar por dentro, ese peinado del moco vaginal cada vez más rápido hizo que se relajara. El final estaba cerca.

El final ya había pasado y María seguía allí tendida. Sola. Temblaba en los quejidos que le ayudaban a levantarse para salir de aquel lugar desagradable.


Anduvo hacia su casa, hacia su ducha. Por un momento pensó en ir a comisaría pero, ya le enseñó su madre que no hay que confiar en los desconocidos. Y María no conocía a nadie en comisaría. Sólo conocía a quien la agredió, a quien hizo contra su voluntad lo que hasta ahora deseaba, a quien no supo eliminar el sabor de almendras verdes dejado por la última discusión, a quien no dejó dilatar mucho la espera de un nuevo encuentro. Y es que María se siente cobarde por no acabar de una vez por todas con esta situación, por volver al coqueteo mientras dice que no, por abrazar el negacionismo que la condenan al “esto no me pasa a mí” y al “también tiene cosas buenas”. Hay que respetar el espacio privado cuando éste se repliega dentro de los marcos del discurso dominante. Discurso lleno de contradicciones que emborronan la palabra definitiva. Y mientras María pensaba la manera de acabar definitivamente con esta situación, escribía “voy hacia ti...” en su móvil. 

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