Una
indiferencia.
La
tarde pasada, María estaba tranquila en el sofá de su casa. Era
martes y los martes por la tarde tiene fiesta en el trabajo. Por la
ventana del comedor entraba una luz intensa y desparramada que no
dejaba hacer la siesta, ni siquiera dormitar. Entraba una luz alegre
de la que coge de la mano y tironea hacia la calle. Tarde de paseo.
Tarde de dejarse llevar por pisadas caprichosas sobre el asfalto.
Hacía días que no dedicaba un rato a hacer el perro ni a estar
tranquila. La discusión de la semana pasada la había dejado sin
ganas de hacer nada. Fue una bronca descomunal a raíz de que María
planteara su necesidad de socializarse un poco más. Pasaba mucho
tiempo sola en el trabajo y casi no tenía amigas. Sólo contaba con
esos encuentros esporádicos de pareja que esperaba con ilusión
aunque solían acabar con alguna lágrima y unos cuantos berrinches.
María estaba sola por dentro. De todas maneras, estaba más animada,
tenía ganas de ver la luz y de cansarse a base de andar. María
estaba contenta con los planes de reconciliación: cuando llegara a
casa quería escribirle un mensaje largo y tierno, de aquellos que
dicen “voy hacia ti para convertir tus amenazas en caricias”.
Eso
de vivir lejos le hacía vivir una relación hecha de encadenar
paréntesis, de amontonar trozos de vivencias y de recortar
discontinuidades. Pero, es tan agradable la espera cuando ya tiene
fecha el encuentro. Encuentros debidos a separaciones sin sentido y
sólo explicables desde la truculencia de la relación. Podían haber
unido sus vidas desde el primer día ya que desde que se conocieron
tenían trabajos temporales y esporádicos que no hubieran
entorpecido la convivencia bajo un mismo techo. Y es que a veces, las
relaciones se moldean en estructuras caprichosas.
Lo
importante de esta tarde es que María estaba animada, canturreaba en
voz baja marcando un ritmo decidido a su paso. Fue esta animosidad lo
que le impidió darse cuenta de la mirada de quien la estaba
siguiendo desde hacía un buen rato. Era una mirada fija, de las que
buscan el punto óptimo de encuentro. Cuando María pasaba por
delante de la puerta abierta de un garaje, no se dio cuenta de que su
agresor corría hacia ella para empujarla hacia dentro y cerrar la
puerta. María se quedó de pie intentando acomodar la vista al
cambio brusco de iluminación. Entendía lo que estaba pasando pero,
no podía reaccionar. De un empujón cayó al suelo boca arriba y no
hizo gesto alguno cuando sintió que la estaba apuntando con un
cuchillo en la cara. Aún recuerda el tacto firme de la punta
haciendo presión en su mejilla hasta abrir una herida superficial
pero lo suficientemente profunda como para dejar una marca perenne,
como si fuera una pequeña ventana con miras a este infierno
particular. Ventana sin reflejos donde sólo había unos ojos que la
miraban y que la mantenían en un estado de alerta cada vez más
tenso a pesar que sabía muy bien cual iba a ser el paso siguiente.
María acababa de descubrir que las miradas tienen textura y color.
Esta mirada era metálica y amarilla y se resistía a quedarse en un
recuerdo. Siempre será un presente.
María,
aplastada contra el suelo, sentía un dolor difuso en todo el cuerpo
que borraban sus espacios dialécticos hasta dejarla sin poder
procesar señales ni construir pensamientos. María no estaba allí
mientras el dolor crecía y buscaba alojarse debajo de las uñas y en
las raíces de los pelos. María estaba borrada mientras le llegaba
como si fueran brasas, la calidez de las gotas de saliva que saltaban
a su cara cada vez que explotaba una de las burbujas que se iba
formando en la comisura de la boca de su agresor. A la vez, María
sentía una turgencia creciente que le apretaba el pubis. No podía
recordar el momento que le arrancó las bragas pero, ese rascar por
dentro, ese peinado del moco vaginal cada vez más rápido hizo que
se relajara. El final estaba cerca.
El
final ya había pasado y María seguía allí tendida. Sola. Temblaba
en los quejidos que le ayudaban a levantarse para salir de aquel
lugar desagradable.
Anduvo
hacia su casa, hacia su ducha. Por un momento pensó en ir a
comisaría pero, ya le enseñó su madre que no hay que confiar en
los desconocidos. Y María no conocía a nadie en comisaría. Sólo
conocía a quien la agredió, a quien hizo contra su voluntad lo que
hasta ahora deseaba, a quien no supo eliminar el sabor de almendras
verdes dejado por la última discusión, a quien no dejó dilatar
mucho la espera de un nuevo encuentro. Y es que María se siente
cobarde por no acabar de una vez por todas con esta situación, por
volver al coqueteo mientras dice que no, por abrazar el negacionismo
que la condenan al “esto no me pasa a mí” y al “también tiene
cosas buenas”. Hay que respetar el espacio privado cuando éste se
repliega dentro de los marcos del discurso dominante. Discurso lleno
de contradicciones que emborronan la palabra definitiva. Y mientras
María pensaba la manera de acabar definitivamente con esta
situación, escribía “voy hacia ti...” en su móvil.
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