miércoles, 25 de mayo de 2016

Narración 11

Un ejercicio

Siempre me he definido como una persona activa, de las que cree que un buen entrenamiento capacita para cualquier cosa en la vida.

Hace un tiempo, me di cuenta que era muy impaciente: el metro que se retrasaba me hacía mirar el reloj repetidas veces, la amante que no llegaba a menos cuarto me hacía arañar el marco de las puertas hasta arrancar el barniz. Un suspiro que se entretiene o la palabra no articulada también me ponían en alerta. También me generaba estrés horario las despedidas que se alargan hasta el dolor de rodillas, las despedidas que se precipitan a media conversación, las llegadas de improviso, las llegadas que no llegan hasta pasados unos días, las esperas en las colas y las no esperas con un “ya puede pasar”, irse sin ni quitarse el abrigo, el pastel que no sube y nos tiene pegadas a la mirilla del horno y la lavadora que no acaba de centrifugar. Había muchas cosas que me provocaban ansiedad cuando no estaban coordinadas con una posición concreta de las manecillas de un reloj, podría llenar hojas con desajustes horarios generadores de ansiedad pero, creo que con una muestra he podido explicar mi problema. Pero, el auténtico problema era que esta impaciencia crecía y se hacía cada día más frecuente y más intensa. Me estaba volviendo una ansiosa.

Decidí que era el momento de poner fin a esa incomodidad vital. Me estaba volviendo loca. Tenía que diseñar un sistema de ejercicios, un entrenamiento, una estructura de aprendizaje que me permitiera revertir esta ansiedad creciente. Tenía que ganar habilidades de espera. Empecé con cosas fáciles, como retrasar unos minutos aquello que seguro no iba a estropearse. Empecé por ir a dormir unos minutos después del primer bostezo. Me quedaba de pie, en la puerta de la habitación, mirando el reloj hasta que pasaban cinco minutos exactos. Luego me iba a dormir. No funcionó, pasadas varias semanas estaba con más ansiedad. Necesitaba construir una mirada nueva, un estar ahí pacificador. Debía aprender mediante un cambio de actitud contemplativa, un cambio en mi manera de ver el tiempo.

El siguiente intento fue sin pensar, sin establecer hipótesis ni predicciones y seguí una lógica plana y sin ramificaciones. Si lo que me angustiaba era ver el paso del tiempo en un reloj, cuando empezara la ansiedad lo haría desaparecer de mi vista. Así fue como aprendí a contar hasta sesenta diciendo un número a cada segundo. Fue así como pude prescindir del reloj para seguir alimentando una ansiedad creciente.

Descubrí que lo importante era darle un sentido a la espera. Esperar mirando hacia adelante, parecía una actitud válida, un primer paso. Conseguí ir a dormir bastante después del primer bostezo, no sabía cuanto pero, cada día lo alargaba un poco más con la esperanza de ver salir el sol. Ya pude seguir el camino trazado mediante la desubicación de la realidad. Era importante comprobar que no pasaba nada, que tenía siempre el mismo sueño a la mañana siguiente.

El paso siguiente fue dejar escapar un transporte público, uno al día para ir aumentando hasta convertirse en una costumbre, en un ritual de desplazamiento. Una vez que se controla, la ansiedad de la espera ya no sigue aumentando, se diluye. Y es esta dilución del malestar el vínculo que mantiene el equilibrio entre el tiempo y lo que transcurre. Ya estaba cambiando mi imagen, ahora estaba dejando esa cara de velocidad con los ojos adelantados en el cráneo y adoptando la expresión de alguien equilibrada y sin demasiados problemas.

A medida que iban pasando los días i me sentía mejor, sólo buscaba repetir el ritual de dilución de las esperas y fui aumentando los ejercicios en riesgo, dificultad y frecuencia. Empecé a ponerme en colas para irme cuando me tocaba el turno, a no llegar a tiempo a entrevistas de trabajo, a sentarme, a quedarme callada y hablar cuando mi interlocutora llevaba un rato hablando. Todo consistía en esperar y perder el hilo conductor de la vida para volver a retomarlo después.


 Ahora, ya soy una artista de la espera. No concibo la vida sin esos ratos llenos de naderías. Mi paciencia es envidiada y codiciada. Por eso ahora, que te has ido, puedo esperarte la vida entera.

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