Un ejercicio
Siempre me he definido como una persona activa, de las que cree que
un buen entrenamiento capacita para cualquier cosa en la vida.
Hace un tiempo, me di cuenta que era muy impaciente: el metro que se
retrasaba me hacía mirar el reloj repetidas veces, la amante que no
llegaba a menos cuarto me hacía arañar el marco de las puertas
hasta arrancar el barniz. Un suspiro que se entretiene o la palabra
no articulada también me ponían en alerta. También me generaba
estrés horario las despedidas que se alargan hasta el dolor de
rodillas, las despedidas que se precipitan a media conversación, las
llegadas de improviso, las llegadas que no llegan hasta pasados unos
días, las esperas en las colas y las no esperas con un “ya puede
pasar”, irse sin ni quitarse el abrigo, el pastel que no sube y nos
tiene pegadas a la mirilla del horno y la lavadora que no acaba de
centrifugar. Había muchas cosas que me provocaban ansiedad cuando no
estaban coordinadas con una posición concreta de las manecillas de
un reloj, podría llenar hojas con desajustes horarios generadores de
ansiedad pero, creo que con una muestra he podido explicar mi
problema. Pero, el auténtico problema era que esta impaciencia crecía
y se hacía cada día más frecuente y más intensa. Me estaba
volviendo una ansiosa.
Decidí que era el momento de poner fin a esa incomodidad vital. Me
estaba volviendo loca. Tenía que diseñar un sistema de ejercicios,
un entrenamiento, una estructura de aprendizaje que me permitiera
revertir esta ansiedad creciente. Tenía que ganar habilidades de
espera. Empecé con cosas fáciles, como retrasar unos minutos aquello
que seguro no iba a estropearse. Empecé por ir a dormir unos minutos
después del primer bostezo. Me quedaba de pie, en la puerta de la
habitación, mirando el reloj hasta que pasaban cinco minutos
exactos. Luego me iba a dormir. No funcionó, pasadas varias semanas
estaba con más ansiedad. Necesitaba construir una mirada nueva, un
estar ahí pacificador. Debía aprender mediante un cambio de actitud
contemplativa, un cambio en mi manera de ver el tiempo.
El siguiente intento fue sin pensar, sin establecer hipótesis ni
predicciones y seguí una lógica plana y sin ramificaciones. Si lo
que me angustiaba era ver el paso del tiempo en un reloj, cuando
empezara la ansiedad lo haría desaparecer de mi vista. Así fue como
aprendí a contar hasta sesenta diciendo un número a cada segundo.
Fue así como pude prescindir del reloj para seguir alimentando una
ansiedad creciente.
Descubrí que lo importante era darle un sentido a la espera. Esperar
mirando hacia adelante, parecía una actitud válida, un primer paso.
Conseguí ir a dormir bastante después del primer bostezo, no sabía
cuanto pero, cada día lo alargaba un poco más con la esperanza de
ver salir el sol. Ya pude seguir el camino trazado mediante la
desubicación de la realidad. Era importante comprobar que no pasaba
nada, que tenía siempre el mismo sueño a la mañana siguiente.
El paso siguiente fue dejar escapar un transporte público, uno al
día para ir aumentando hasta convertirse en una costumbre, en un
ritual de desplazamiento. Una vez que se controla, la ansiedad de la
espera ya no sigue aumentando, se diluye. Y es esta dilución del
malestar el vínculo que mantiene el equilibrio entre el tiempo y lo
que transcurre. Ya estaba cambiando mi imagen, ahora estaba dejando
esa cara de velocidad con los ojos adelantados en el cráneo y
adoptando la expresión de alguien equilibrada y sin demasiados
problemas.
A medida que iban pasando los días i me sentía mejor, sólo buscaba
repetir el ritual de dilución de las esperas y fui aumentando los
ejercicios en riesgo, dificultad y frecuencia. Empecé a ponerme en colas
para irme cuando me tocaba el turno, a no llegar a tiempo a
entrevistas de trabajo, a sentarme, a quedarme callada y hablar
cuando mi interlocutora llevaba un rato hablando. Todo consistía en
esperar y perder el hilo conductor de la vida para volver a retomarlo
después.
Ahora, ya soy una artista de la espera. No concibo la vida sin esos
ratos llenos de naderías. Mi paciencia es envidiada y codiciada. Por
eso ahora, que te has ido, puedo esperarte la vida entera.
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