sábado, 22 de julio de 2017

Una posverdad?


Parece que “posverdad” sea una palabra nueva que planea sobre casi todos los folios dedicados a la escritura. Hay que hacerle un hueco en nuestras frases, hay que ponerla en nuestros discursos para actualizarlos y quitarles así el polvo que evidencia una crisis de creatividad que se arrastra desde hace ya unos años.

La posverdad o la “mentira piadosa” es algo que ha existido siempre y que tiene su eficacia sobretodo cuando consigue la categoría de “versión oficial”. Siempre hay una intencionalidad en la mentira, una búsqueda de un beneficio del tipo que sea a cambio de ofrecer un escenario inexistente, a cambio de un abuso de confianza. Sólo se puede mentir a quien confía en el generador de falsedades. De todas maneras, parece que la palabra “posverdad” conlleva una carga semántica un poco distinta que la de la palabra “mentira”. Mientras que la mentira se aprovecha de la confianza de alguien para ocultarle alguna cosa (como no decirle a quien se le está pidiendo dinero que se tienen deudas suficientes como para pensar que no se podrá devolver el préstamo en el plazo acordado), la posverdad se aprovecha de la necesidad de creer algo concreto por parte de un segmento de la población. Estos grupos diana de la posverdad están dispuestos a dar un valor de certeza a algo a todas luces falso mientras que esté revestido de autoridad y apoyen sus creencias. Se puede poner de ejemplo las campañas electorales, la mayoría acepta que son mentira pero, se votan las promesas electorales que más se adapten a la manera de sentir de cada cual, las que menos tensión generen. De todas maneras, este dejar dormir a las conciencias sin sobresaltos, no es gratis. La aceptación y defensa de posverdades pone en marcha una cascada de mentiras que se agregan, una vez filtradas y etiquetadas con un “megusta”, para estructurar una realidad paralela más agradable a los sentidos pero, sin ningún viso de realidad. No importa que la realidad que se viva sea ficticia si esta se vive de forma coral. Lo importante es que la mayoría acepte que comparten una misma vivencia generadora de opinión.

Puede considerarse un ejemplo de posverdad el tratamiento mediático de la muerte de Rita Barberá. El 23 de noviembre de 2016, casi todos los periódicos de mayor tradición publican el mismo titular y la misma nota de agencia, “Rita Barberá muere de un infarto en un hotel de Madrid” (El país, El Mundo, La Vanguardia). En estas noticias, se echa de menos la mirada crítica de algún redactor pero, estamos en la época del copiar y pegar. No siendo suficiente esta afirmación, al día siguiente (El País, 24-noviembre-2016) reitera y amplía la información añadiendo que “la autopsia ha confirmado la parada cardíaca como causa de la muerte”. Las “autopsias” no confirman ninguna parada cardíaca ya que estas sólo se hacen si se ha demostrado esta parada previamente. A nadie le abren en canal para ver si aún está vivo. Se puede suponer que con este resultado de la “autopsia” se refieren al infarto que decían el día anterior. Un infarto que sea causa de muerte no se puede diagnosticar en una autopsia ya que tarda varias horas (con el paciente vivo) en hacerse detectable. Tampoco se pudo diagnosticar un infarto por quienes la atendieron ya que Barberá estaba en parada cardiorrespiratoria cuando llegaron los facultativos del Summa (para diagnosticar un infarto mediante electrocardiografía, es necesario que el corazón siga latiendo). Parece que hay que buscar razones que demuestren, de alguna manera, una causa natural de muerte. A todas estas imprecisiones se añade el testimonio de las “fuentes policiales” para evitar dudas sobre las causas de la muerte. Así, estas fuentes afirman que “se encontraron en la habitación unas pastillas para la dolencia cardíaca”. Estas pastillas eran unos antihipertensivos de uso muy general. Aunque es cierto que la hipertensión arterial es un factor de riesgo de infarto, también es cierto que la mayoría de los hipertensos que se tratan no acaban de esta manera.

Esta cascada de imprecisiones, todas iguales, y el intento de escapar de las explicaciones técnicas dan la sensación de que hay una voluntad mayoritaria de ofrecer una explicación plausible y acabar con el tema lo más rápido que se pueda. Parece que Barberá se estaba volviendo incómoda. En ningún momento se intenta buscar la reproducción fiel de esta muerte en los resultados ofrecidos por los técnicos, más bien parece que se busca llenar el espacio dialéctico social durante el tiempo que dure la expectación por el caso. Rita debía llegar pronto al punto de saturación informativa. También la clase política tuvo que colaborar al relleno informativo con perlas del estilo “fué una magnífica política y una mujer honesta” (D. Cospedal) o las palabras de Rajoy que se refieren a ella como “una buena persona, decente y trabajadora” (El Mundo, 5-febrero-2017), parece que deberíamos redefinir todos estos calificativos. Palabras tiernas que niegan cualquier acoso político y permiten al PP seguir apuntando a la presión mediática que sufrió Barberá desde que fue imputada, como una de las causas de su muerte (La Vanguardia, 6-febrero-2017). Es cierto que hacía poco más de un día que había declarado en el Tribunal Supremo por su presunta vinculación en una operación de blanqueo de dinero del PP valenciano. Aunque parece que esta contigüidad temporal entre su muerte y su declaración y su posible disponibilidad a “tirar de la manta” no tengan mucho que ver. La verdad es que la muerte de Rita ha emborronado su declaración. Parece que esta versión dejaba en entredicho a la prensa amiga de las estructuras de poder y al propio gobierno con el fantasma del acoso planeando. Tenían la ventaja del desprestigio que últimamente teñía el nombre de Barberá. Hasta en plena borrachera la habían mostrado al público. Rita empezaba a caer mal a la gente, era fácil empezar un juicio popular paralelo pero, salvando a las instituciones. Así, el 5 de febrero “El Mundo” afirma que “a Rita la mató su hígado” según el informe médico definitivo de la autopsia al que ha accedido, en exclusiva, “Crónica”. Informe del que no hay ninguna cita literal en ninguna información y sólo se pueden encontrar versiones explicativas de los hechos como la que aporta “La Vanguardia” al día siguiente afirmando que Rita Barberá fallece de un fallo hepático y que “además extrajeron gran cantidad de líquido infeccioso de su cuerpo”. No parece que estas palabras puedan formar parte de ningún informe forense pero, sirven para trasladar la responsabilidad de su muerte a la propia Rita ya que una de las causas de la cirrosis hepática que padecía Rita es el alcoholismo. De todas maneras, el fallo hepático no se considera una causa de muerte súbita. No parece que la sepsis que se insinúa como causa de muerte hubieran permitido su declaración en el Tribunal Supremo menos de dos días antes. Aunque hubiera tropezado cuando inició su declaración tal como afirma el Mundo. Un traspiés no se considera un signo de coma hepático. Este periódico, añade que la autopsia definitiva demuestra que no murió a causa de la presión mediática ni del acoso político aunque el PP había cumplido recientemente con las exigencias de Albert Ribera de hacer que Rita abandonara su escaño en el Senado a cambio del apoyo de su grupo político en la investidura de Rajoy. “El Mundo” concluye que “con el informe forense en la mano (que nadie ha podido leer) se descartan las hipótesis de conspiración y homicidio”. Y la vida continua. Seguro que todas estas afirmaciones son verdaderas, pero hay cosas que se escapan y posibles preguntas sin responder. No hay que acusar a nadie de manera gratuita pero, tampoco es necesario que se acepte cualquier cosa.


Desde luego que Rita tenía indicios de delito en sus actuaciones pero, parece que en democracia, todo el mundo tiene derecho a un juicio justo. Y Rita tuvo un juicio rápido. También cabe la pregunta sobre si la muerte de Rita podía beneficiar a alguien o si Rita aportaba más valor a los suyos muerta que viva. Parece que también deberían aclararse estas cuestiones. Aclaraciones que deberían darse con la misma celeridad con la que se intenta borrar su nombre de los espacios públicos. Nunca más se ha vuelto a hablar de ella. Nadie ha dado valor a las repetidas amenazas anónimas de muerte que sufría Rita desde enero de 2015. La última la había recibido hacía pocos días y le daba un plazo de vida hasta el 1 de diciembre. El Ministerio del Interior sabía esto y también sabía que Rita estaba asustada y que temía por su vida. Así, el último mensaje de su teléfono móvil está dirigido a un alto cargo de interior: “Simplemente recordarte de la nueva carta de amenaza que he recibido. Esta vez me dan un plazo hasta el día 1...”. Tantas prisas con eliminar a Barberá del escenario público deja un rastro de dudas sobre si la maquinaria del Estado dispone de medios de intimidación y utiliza recursos públicos para llevarlos a cabo. Parece bastante grave esta situación y no debería taparse con un “fallo hepático”.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario