En un entorno cultural heterosexista en el que la formación de una familia tradicional representa uno de los objetivos personales más preciados, no es de esperar que estilos de vida distintos se contemplen como alternativas. Así, la homosexualidad se considera una anomalía, una desviación de la norma que hay que enmendar. En este contexto, los marcos legales que promueven la igualdad de derechos civiles y que sancionan las conductas homofóbicas no parecen ser medidas suficientes para acabar con el dualismo normativo/ no normativo (que genera un equilibrio inestable entre dos fuerzas opuestas) y poder promover así, la pluralidad de opciones de vida. Y es que la unidad familiar tradicional representa una buena herramienta para segmentar a las sociedades capitalistas sobre una línea acotada por el centro y la periferia del espacio público. Así, las alternativas minoritarias de unidades de convivencia se situarían en la periferia de los espacios dialécticos mientras que la familia tradicional mayoritaria ocuparía el centro de estos espacios. Las minorías (más o menos organizadas) extienden sus enunciados desde los márgenes del discurso normativo y cuestionan la supremacía del poder que ocupa el centro. De esta manera, el discurso social adquiere dinamismo en su periferia y cuestiona la supremacía inamovible del centro. Entonces, el discurso social se polariza y se vuelve contradictorio. En el caso de la homosexualidad, los relatos racionalizados que proponen marcos interpretativos basados en la igualdad de derechos, conviven con el discurso emocional de las estructuras de poder que expresan su rechazo mediante conductas de intentos de subordinación y dominio del grupo social LGTB buscando su invisibilización y /o su modificación de la conducta que define a las personas de este grupo.
Las emociones deben acompañarse de una cierta carga simbólica que permitan el análisis y el reconocimiento de los objetos a valorar mediante los sentimientos. Según las propuestas de Nussbaum (2019 pp 100-155), las conductas homofóbicas se originan a partir de un cóctel tóxico formado por ira punitiva, asco físico y miedo al desplazamiento del poder heteronormativo. Para poder sentir ira es necesaria la capacidad de pensamiento causal y habrá que poder definir a la comunidad LGTB como la causa de determinados malestares sociales. Por ejemplo, la asignación de una mayor corporeidad, genera la imagen de un colectivo amoral que busca el placer inmediato centrado en la sexualidad. Se puede tomar como muestra las palabras de Malaparte en su novela La piel (1945) que asocia la homosexualidad con la pedofilia y con la pertenencia a grupos desestabilizadores de la clase media ...creían ser dadaístas o surrealistas...o comunistas y no eran más que putas...una masa de jóvenes desencantados y desesperados que jugarán a ser pederastas como quien juega al tenis...Empiezan a hacer de Narciso y Corydon para demostrarse a sí mismos que no tienen miedo de nada, que han superado los prejuicios y las convenciones burguesas, que son verdaderamente libres...los jóvenes como tú creen que hacerse pederastas es una manera de hacerse revolucionarios...(p. 148).
La ira que define la homofobia es una ira que busca el castigo por el traspaso de barreras morales universales como la pedofilia, el abuso de sustancias, la práctica del narcisismo perverso (que infringe dolor a terceros como fuente de placer) y los intentos de ruptura de la armonía social.
Otra emoción que interviene en la construcción de la homofobia es el miedo. Es el sentimiento más primitivo y aunque nadie tenga memoria de ello, nacemos con una cierta conciencia de peligro y de indefensión que fuerza a la búsqueda de un mayor bienestar. El miedo es la base de muchas negativas y empuja a mirar hacia el centro inamovible del poder social para rechazar la aceptación de las diferencias, para no poder cumplir con el rol social asignado y para impedir la identificación con un estereotipo que se aleje del ideal.
El cóctel tóxico estructurante de la homofobia también incluye unos toques de asco. Este sentimiento lleva implícito una cierta idea de contagio que provoca la evitación de todo contacto físico con integrantes de grupos LGTB. Parece que este sentimiento justifica de manera más evidente el interés por las terapias de conversión en un intento de revertir lo asqueroso en aceptable.
Se puede considerar la homofobia como el producto de un discurso emocional y como tal, no necesita razón de ser. Se trata de un constructo social no razonado. Hay que añadir que todas las fobias ligadas al género tienen una narrativa similar aunque con un estereotipo particular en el imaginario colectivo que permite interiorizar un tipo u otro de fobia. Caben todo tipo de combinaciones. Así, por ejemplo, se puede ser transfóbico y no lesbofóbico o se puede ser lesbiana y ser bifóbica. Algo parecido ocurre con el racismo, otro constructo emocional, ya que no suele rechazarse a todos los grupos étnicos distintos del grupo dominante.
Las conductas dominadoras de las minorías que se distancian de los ideales sociales, se aprenden en una edad muy temprana y a veces, parece que es algo que se inyecta en la placenta ya antes de nacer. A las personas que se definen como pertenecientes al colectivo LGTB también se les ha inyectado este veneno en la placenta y han aprendido a rechazar aquello que desean. Las cosas pueden ser un poco distintas cuando esta homofobia omnipresente no ha sido eliminada, de manera consciente y racional, del imaginario de las personas LGTB. En muchos casos, aparecen impulsos ambivalentes de deseo y repugnancia que intensifica los comportamientos favorables a la urgencia de relaciones afectivas a las que se responde con un sentimiento de estra contra sí mismo que se traduce en actitudes de vergüenza y deseo de ocultarse (Ahmed, 2017 pp. 130-200). De esta manera, la construcción del armario, correría a cargo de las personas LGTB que fueran víctimas de sus propias contradicciones emocionales. Esto puede explicar que a pesar de una cierta aceptación social de la comunidad LGTB, siga existiendo el silencio vital y la ocultación de la sexualidad por parte de muchos integrantes del grupo LGTB. Es muy común justificarlo con desplazamientos de la realidad del tipo no tengo que explicar con quien me acuesto o mi vida privada es mía. Estas justificaciones no son más que refuerzos de la vergüenza presentados como actos volitivos aunque, sin la ocupación de los espacios públicos, no se puede planificar una vida en los espacios dialécticos ni se puede incluirse en grupos para actuar como una agencia con capacidad para interpelar a los demás.
Otras veces, también se pueden hermetizar los armarios mediante alusiones a terceras personas con quien se reparte la culpabilidad de la opción sexual. Es común oir frases del tipo me debo a mis hijos o debo cuidar a mi madre para añadir a reglón seguido y ellos no lo entenderán, y los demás tampoco entienden nada ya que, la vida hay que proyectarla a título personal con quienes elijamos y no somos moneda de cambio ni nos debemos a nadie. Todas estas actitudes sólo generan marginación e impiden proyectar la vida de manera plena. Los armarios son opacos e impiden el discurso social en la medida que no se encaja en el puzle normativo. Cuando la heterosexualidad es vista como lo normal y no como la más frecuente, a los no heterosexuales, si no quieren conquistar espacios públicos, sólo les queda aislarse para acotar el espacio de seguridad (Jimenez, 2019). Todo lo expuesto permite explicar en parte, que aún haya muchas personas LGTB que siguen sin atreverse a ser visibles públicamente y sacrifiquen su vida por evitar una mala mirada.
Bibliografía
Ahmed, S. (2017) La política de las emociones. Universidad Nacional Autónoma de México.
Jimenez, P. (20-06-2019) Mayores LGTBI, la generación silenciada. El País.
Malaparte, C. (2019) La piel. Galaxia Gutemberg. Barcelona.
Nussbaum, M.C. (2019) La monarquía del miedo. Paidós. Barcelona.
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