domingo, 28 de junio de 2015

La identidad perturbada.


La sociedad actual está abandonando el estilo de vida binario para adoptar una identidad en “mosaico” cambiante. Ahora vivimos de retales. En este sentido, Deig (2012: 119- 132) plantea el problema generado por la ambivalencia de la privacidad como algo a preservar y a la vez, como algo a conocer. Parece que atrae de la misma manera saber sobre la intimidad de los otros y dar a conocer la propia vida privada como tener un espacio personal blindado a las miradas ajenas. El autor resuelve el conflicto aceptando que hay cosas más privadas que otras e informaciones más periodísticas que otras. Así, el problema se puede resolver mediante una clasificación del objeto a litigio según los atributos de interés público, dato periodístico o dato personal. Parece que no es suficiente el hecho de poner hitos a la intimidad sino que también hay que definir el espacio dialéctico en el cual se genera el discurso. Además, los diferentes canales de conversación tienen unas características propias con un papel determinante del discurso.

Este planteamiento puede hacer creer que un mismo acto comunicativo puede tener diferentes juicios de valor según su contexto y según la tecnología utilizada por su difusión. Es decir que un mismo mensaje entre un emisor y un receptor puede tener diferentes grados de privacidad o de publicidad según su contexto. Y en realidad esto parece. Por ejemplo, no todas las personas que se encuentran en las fotografías de determinadas publicaciones como el National Geographic o en otros documentales gráficos, darían su permiso para salir a la publicación y, mientras tanto, nos planteamos si una foto publicada a Facebook es lícita o no sin un consentimiento de la persona. Esta diferencia en la valoración es especialmente exagerada cuando se trata de imágenes de revueltas o violentas. Por ejemplo, no parece que ningún periodista haya pedido permiso para publicar en primero plano personas muertas o sufriendo mientras que, a su vez,es casi seguro que no permitiría que alguien hiciera fotos en el entierro de un familiar suyo. Y es que parece que hay algo de morboso en los temas que son un tabú social.

Bauman (2004: 39- 60) propone la metáfora de textura líquida que fluye para describir la sociedad del primer mundo del siglo XXI. Esta metáfora propone una idea de sociedad en cambio constando que vive mediante el encadenamiento de situaciones transitorias. La incertidumbre en todos los aspectos vitales y el aumento de la cantidad de contactos comunicativos propiciado fundamentalmente por el uso masivo de las TIC han provocado una renuncia masiva a la planificación a largo plazo. Las relaciones humanas son ahora volátiles y de corta duración. Este desarraigo afectivo es la base estructural del tejido social en la actualidad y se caracteriza por la flexibilización, fragmentación y compartimentación del yo para poder adaptarse a la “cultura mosaico” posmoderna (McLuhan, 2012). Cultura hecha por aposición de aportaciones que vienen de diferentes lugares y de diferentes voces. En la red, muchas de estas voces son anónimas. Anonimato representado por un “nick” o un IP que esconde la auténtica identidad con un intento de contextualizar los contenidos y de añadir valor al que ya ha publicado más que un intento por parte del autor de convertirse en un líder. En un contexto con identidades perturbadas y diluidas en los mensajes no parece punible la publicación de imágenes privadas, puesto que la identidad y el concepto de privacidad es diferente. Parece un poco absurdo poder ponernos en contacto con alguien que no conocemos y mantener una conversación en tiempo real con esta persona y que, a la vez, nos sentimos ofendidos si sale una imagen nuestra en algún lugar de la red.

Así, cuando se habla de privacidad, se puede pensar que la individualidad es el espacio de poder absoluto propio reconocido por los otros. En este contexto, la individualidad representa los espacios dialécticos que cada cual tenga asignado en el “mosaico social”. El reconocimiento de la propia identidad y de la privacidad por parte de los otros se puede ver en la polémica sobre si dar publicidad al nombre y al rostro de determinados delincuentes cómo en los casos de violencia de género. Y es que, los medios de comunicación masivos han hecho de la individualidad un discurso de alteridad. Alteridad en la medida que nadie muestra todo su contenedor de trazas de identidad sino sólo una parte y, de esa manera el “yo” se convierte en el otro o en los otros.

No se puede negar que las TICs han provocado cambios, de forma independiente de los contenidos, en la manera, la intencionalidad y en la interpretación de los mensajes. Esto se debido a que la misma estructura de los canales modifican la percepción del yo y de los otros al mismo tiempo que permiten modificar la manera como nos mostramos a los demás. Esto se debe de a diferentes efectos pero básicamente a un efecto de anonimato disociativo y a una invisibilidad de los atributos determinantes de las etiquetas prototípicas del interlocutor, fundamentalmente de la autoridad. Esta ocultación de determinadas marcas de la identidad provocan un efecto de desinhibición (Suler, 2004) y una modificación de los registros de la conversación.

Se puede considerar que el momento actual representa la primera vez en la historia que las personas se autodenominan de manera habitual. Se ponen un “nick” o diferentes “nicks” según las circunstancias. Pueden tener una o más personalidades. La existencia de estos espacios autorreferenciales provocan una preocupación adicional en la definición de la individualidad que queremos dar a un grupo concreto para que los integrantes del grupo nos puedan reconocer como individuos únicos y diferenciados del resto del grupo. Hay que añadir que esto no significa una preocupación más grande por el autoconocimiento ni para buscar una coherencia más grande en nuestra trayectoria vital.

Este hecho de denominarnos significa una presentación en el espacio dialéctico elegido en un determinado momento. Además, con las características impuestas por las TICs a los actos de conversación, el hecho de nombrarnos implica una carga de trazas de identidad que nos definirán en un determinado acto comunicativo sin que ello signifique que sea la verdadera identidad.

La identidad se puede considerar como un sistema autorreferencial. Esto significa que se trata de un sistema que genera sus propios atributos. Se trata de un sistema cerrado que se retroalimenta él mismo y que puede seleccionar diferentes grupos de atributos para presentarlos con una etiqueta, el nombre propio. En la red, los sistemas autorreferenciales sirven para contextualizar los mensajes más que para empoderar a una identidad concreta. En estos medios difuminadores de identidades no parece muy idónea la aplicación de principios éticos propios de entornos comunicativos más clásicos.

 Bibliografía consultada

Bauman, Z. (2004) Modernidad líquida. Ed. Fondo de Cultura Económica, México.

Deig, J. (2012) Privacidad, democracia e Internet. En: S. Champeau y D. Innerarity (eds.) Internet y el futuro de la democracia. Ed. Paidos, Barcelona.

Mc Luhan (2012) Teoría de la comunicación mediática. (consulta en linea: 01-04-2015) http://ocw.uc3m.es/periodismo/teoria-de-la-comunicacion-mediatica/tcm_capitulos/tcm_tres-emes.pdf

Suler, J. (2004) The online disinhibition Effect. Cyber Psycology Behavior, 3: 322-325.

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