La sociedad actual está abandonando el estilo de vida binario para adoptar
una identidad en “mosaico” cambiante. Ahora vivimos de retales. En este
sentido, Deig (2012: 119- 132) plantea el problema generado por la ambivalencia
de la privacidad como algo a preservar y a la vez, como algo a conocer. Parece
que atrae de la misma manera saber sobre la intimidad de los otros y dar a
conocer la propia vida privada como tener un espacio personal blindado a las
miradas ajenas. El autor resuelve el conflicto aceptando que hay cosas más
privadas que otras e informaciones más periodísticas que otras. Así, el
problema se puede resolver mediante una clasificación del objeto a litigio
según los atributos de interés público, dato periodístico o dato personal.
Parece que no es suficiente el hecho de poner hitos a la intimidad sino que
también hay que definir el espacio dialéctico en el cual se genera el discurso.
Además, los diferentes canales de conversación tienen unas características
propias con un papel determinante del discurso.
Este planteamiento puede hacer creer que un mismo acto comunicativo puede
tener diferentes juicios de valor según su contexto y según la tecnología
utilizada por su difusión. Es decir que un mismo mensaje entre un emisor y un
receptor puede tener diferentes grados de privacidad o de publicidad según su
contexto. Y en realidad esto parece. Por ejemplo, no todas las personas que se
encuentran en las fotografías de determinadas publicaciones como el National
Geographic o en otros documentales gráficos, darían su permiso para salir a la
publicación y, mientras tanto, nos planteamos si una foto publicada a Facebook
es lícita o no sin un consentimiento de la persona. Esta diferencia en la
valoración es especialmente exagerada cuando se trata de imágenes de revueltas
o violentas. Por ejemplo, no parece que ningún periodista haya pedido permiso
para publicar en primero plano personas muertas o sufriendo mientras que, a su
vez,es casi seguro que no permitiría que alguien hiciera fotos en el entierro de
un familiar suyo. Y es que parece que hay algo de morboso en los temas que son
un tabú social.
Bauman (2004: 39- 60) propone la metáfora de textura líquida que fluye para
describir la sociedad del primer mundo del siglo XXI. Esta metáfora propone una
idea de sociedad en cambio constando que vive mediante el encadenamiento de
situaciones transitorias. La incertidumbre en todos los aspectos vitales y el
aumento de la cantidad de contactos comunicativos propiciado fundamentalmente
por el uso masivo de las TIC han provocado una renuncia masiva a la
planificación a largo plazo. Las relaciones humanas son ahora volátiles y de
corta duración. Este desarraigo afectivo es la base estructural del tejido
social en la actualidad y se caracteriza por la flexibilización, fragmentación
y compartimentación del yo para poder adaptarse a la “cultura mosaico”
posmoderna (McLuhan, 2012). Cultura hecha por aposición de aportaciones que
vienen de diferentes lugares y de diferentes voces. En la red, muchas de estas
voces son anónimas. Anonimato representado por un “nick” o un IP que esconde la
auténtica identidad con un intento de contextualizar los contenidos y de añadir
valor al que ya ha publicado más que un intento por parte del autor de
convertirse en un líder. En un contexto con identidades perturbadas y diluidas
en los mensajes no parece punible la publicación de imágenes privadas, puesto
que la identidad y el concepto de privacidad es diferente. Parece un poco
absurdo poder ponernos en contacto con alguien que no conocemos y mantener una
conversación en tiempo real con esta persona y que, a la vez, nos sentimos
ofendidos si sale una imagen nuestra en algún lugar de la red.
Así, cuando se habla de privacidad, se puede pensar que la individualidad
es el espacio de poder absoluto propio reconocido por los otros. En este
contexto, la individualidad representa los espacios dialécticos que cada cual
tenga asignado en el “mosaico social”. El reconocimiento de la propia identidad
y de la privacidad por parte de los otros se puede ver en la polémica sobre si
dar publicidad al nombre y al rostro de determinados delincuentes cómo en los
casos de violencia de género. Y es que, los medios de comunicación masivos han
hecho de la individualidad un discurso de alteridad. Alteridad en la medida que
nadie muestra todo su contenedor de trazas de identidad sino sólo una parte y,
de esa manera el “yo” se convierte en el otro o en los otros.
No se puede negar que las TICs han provocado cambios, de forma
independiente de los contenidos, en la manera, la intencionalidad y en la
interpretación de los mensajes. Esto se debido a que la misma estructura de los
canales modifican la percepción del yo y de los otros al mismo tiempo que
permiten modificar la manera como nos mostramos a los demás. Esto se debe de a
diferentes efectos pero básicamente a un efecto de anonimato disociativo y a
una invisibilidad de los atributos determinantes de las etiquetas prototípicas
del interlocutor, fundamentalmente de la autoridad. Esta ocultación de
determinadas marcas de la identidad provocan un efecto de desinhibición (Suler,
2004) y una modificación de los registros de la conversación.
Se puede considerar que el momento actual representa la primera vez en la
historia que las personas se autodenominan de manera habitual. Se ponen un “nick”
o diferentes “nicks” según las circunstancias. Pueden tener una o más
personalidades. La existencia de estos espacios autorreferenciales provocan una
preocupación adicional en la definición de la individualidad que queremos dar a
un grupo concreto para que los integrantes del grupo nos puedan reconocer como
individuos únicos y diferenciados del resto del grupo. Hay que añadir que esto
no significa una preocupación más grande por el autoconocimiento ni para buscar
una coherencia más grande en nuestra trayectoria vital.
Este hecho de denominarnos significa una presentación en el espacio
dialéctico elegido en un determinado momento. Además, con las características
impuestas por las TICs a los actos de conversación, el hecho de nombrarnos
implica una carga de trazas de identidad que nos definirán en un determinado
acto comunicativo sin que ello signifique que sea la verdadera identidad.
La identidad se puede considerar como un sistema autorreferencial. Esto
significa que se trata de un sistema que genera sus propios atributos. Se trata
de un sistema cerrado que se retroalimenta él mismo y que puede seleccionar
diferentes grupos de atributos para presentarlos con una etiqueta, el nombre propio.
En la red, los sistemas autorreferenciales sirven para contextualizar los
mensajes más que para empoderar a una identidad concreta. En estos medios difuminadores
de identidades no parece muy idónea la aplicación de principios éticos propios de
entornos comunicativos más clásicos.
Bibliografía
consultada
Bauman, Z. (2004) Modernidad líquida. Ed. Fondo de Cultura Económica, México.
Deig, J. (2012) Privacidad, democracia e Internet. En: S. Champeau y D.
Innerarity (eds.) Internet y el futuro de la democracia. Ed. Paidos, Barcelona.
Mc Luhan (2012) Teoría de la comunicación mediática. (consulta en linea:
01-04-2015)
http://ocw.uc3m.es/periodismo/teoria-de-la-comunicacion-mediatica/tcm_capitulos/tcm_tres-emes.pdf
Suler, J. (2004) The online disinhibition Effect. Cyber Psycology Behavior,
3: 322-325.
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