miércoles, 23 de julio de 2025

viernes, 11 de julio de 2025

Bailes fuera del salón.


Carlos Pazos, en su trabajo Voy a hacer de mí una estrella (1975) utiliza la técnica del pastiche para aglutinar en su cuerpo gestos, maquillajes y disfraces característicos de los personajes masculinos del Hollywood de la época. El resultado final es la materialización de una nueva masculinidad que se aparta del canon masculino imperante por mostrar un cierto afeminamiento. Esta nueva masculinidad, glamourosa pero, alejada del dandismo, se estructura sobre una base iterativa de gestos y actos lo que cuestiona la existencia de una identidad esencial que vaya más allá del ejercicio de objetualización de la mirada del espectador. En esta serie fotográfica se adivina la deconstrucción intencionada de la masculinidad normativa: la del gentelman y la del progre (Garbayo, 2016).


Se podría afirmar que la iteración de estereotipos tiene un carácter performativo y, a la vez, diversificador de los referentes de un deseo colectivo. Esta afirmación puede poner en entredicho las críticas (Hooks, 1999) al documental de Livingston (1990) que afirman qe el reportaje está sesgado porque la directora no pertenece a la comunidad que muestra. Es posible que la intencionalidad de la directora no fuera mostrar el estilo de vida de una comunidad de Harlem sino que su objetivo era mostrar un anhelo compartido por una minoría social. Y parece que esto lo ha conseguido. No hay que olvidar que la mayoría de reportajes se han realizado, de una u otra manera, desde sesgos patriarcales y es la ausencia de otras miradas lo que suscita críticas.


Tan parecidos y tan distintos.


Tanto el trabajo de Pazos como el de los participantes de los balls utilizan como constructo de los nuevos referentes rasgos estereotipados de modelos de poder y lujo utilizando el propio cuerpo como espacio de enunciación. Pero, en ambos casos, el resultado es distinto ya que es distinta la intencionalidad. Así, mientras que los participantes de los balls entronizan a un referente femenino deseado por el patriarcado, Pazos crea nuevas masculinidades con la intención de cuestionar a la masculinidad imperante.


En ambos casos, el premio es el lujo y el glamour pero, mientras que en los balls, el premio se gana con el esfuerzo personal, a Pazos le llega el premio al construir nuevos estereotipos que proponen nuevas normas de género.


En ambos casos, se forman grupos identitarios basados en el establecimiento de alianzas entre sus integrantes. Vasallo (2019) afirma que estas alianzas están medidas por fantasías de contenido social que instan a la competencia por conseguir el máximo premio. Como ejemplo se puede ver en la obra de Zhe-Palito (2022) (Figura 1) identidades construidas por una aposición de rasgos que configuran una ambición común. Esta lógica de construcción de la identidad reproduce la construcción de la identidad heteropatriarcal. A título personal quisiera añadir que el uso repetido de la lógica patriarcal es el verdadero acto performativo que, aunque diversifica los grupos siguen sujetos al poder hegemónico y hacen crecer más la frontera de exclusión.


Para romper con el binarismo que impera en las sociedades capitalistas y superar el deseo de protección con la pertenencia a un grupo que conlleva un sentimiento de alteridad, Vasallo propone la formación de redes basadas en relaciones de cooperación encaminadas al bien común.



                                                            Figura 1


Haraway (1984) propone otra forma de romper con el binarismo con la propuesta de un humanismo expandido por la ciencia y la tecnología. Esto permite, en el seno de una revolución de las relaciones sociales que permitan abandonar las identidades para adoptar el concepto de afinidad como base del establecimiento de las relaciones sociales. La tecnología también permite ajustar la mirada y la construcción de marcos interpretativos de manera más adaptada a las tendencias individuales. Se puede citar como ejemplo el NFT de Derrik Adams (2024) que presenta una figura humana construida por aposición de geometrías, series y funciones en lugar de formas y colores propios de un estereotipo concreto.




                                                                Figura 2


Tal como afirma Zhe-Palito It was all a dream mientras que el ciborg se sitúa decididamente del lado de la parcialidad, de la ironía, de la intimidad y de la perversidad.



Bibliografía


Garbayo, M (2016), La masculinidad como mascarada. En Cuerpos que aparecen.
Performance y feminismos en el tardofranquismo. Bilbao: Consonni. (pp. 108-120).


Haraway, D. (1984) Manifiesto ciborg. Kaótica libros pp 4-24.


Hooks, B. (1999) Is Paris Burning? En Black Looks: Race and Representation. Boston: South
End Press. (pp. 145-156). http://artsites.ucsc.edu/faculty/gustafson/FILM 165A.W11/film
165A%5BW11%5D readings /hooksparis.pdf


Livingston, J. (1990) Paris is Burning (película)
https://www.youtube.com/watch?v=2xrwoYSNFbg&ab_channel=M%C3%A1sVisibles


Pazos, C. (1975) Voy a hacer de mí una estrella (serie fotográfica).
https://www.macba.cat/es/arte-artistas/artistas/pazos-carlos/voy-hacer-mi-estrella


Vasallo, B. (13/2/2019) La monogamia no es una práctica, es un sistema opresor. Entrevista de A. Requena. ElDiario.es.

Identidad de género, una experiencia de vida.

 

Estas línes serán más un acto de sinceridad que un trabajo académico. Cuesta mucho mirar hacia dentro sin la ayuda de textos sesudos pero, todo es intentarlo.


Nací en el franquismo (Platero, 2008) y pude disfrutar de sus últimos coletazos aunque, a veces, creo que aún existe. Puedo ver retales de la dictadura en los rincones de las casas y en los recovecos de las consciencias. Ahora, todos somos muy liberales pero,… y es ese pero el que se viste de caqui, el que se esconde y está en todas partes. Es como el tamo.


Crecí saltando de armario en armario y oyendo no es necesario explicar con quien te acuestas a cada paso. Pero, pronto descubrí que sí era necesario. En el trabajo (trabajaba en un lugar en que el género no normativo era motivo de despido), los lunes, la gente explicaba sus fines de semana y yo explicaba como si hubiera estado sola o bien optaba por callar. Dejé de ir a las cenas y a determinadas fiestas. Esta actitud se hizo extensiva a otros ámbitos de mi vida hasta formar un caparazón que me aisló del mundo.


Siempre me he definido como mujer ambigua aunque nunca me he planteado si me gustaba esta definición. Es con la que me siento más cómoda, la que me dicta el espejo. Nunca pensé que habitaba un cuerpo ni que era un cuerpo. Creo que esta vivencia está determinada por las creencias de cada cual y por la manera de entender la vida. Así, quienes crean que las personas somos algo más que la química del carbono suelen tener la idea de que el cuerpo es el préstamo de una herramienta para vivir experiencias que hay que interpretar para poder construir un self satisfactorio. Quienes piensan que son un cuerpo acostumbran a defender que son lo que se puede ver y aceptan las modificaciones del cuerpo, voluntarias o no, como un eslabón más del hilo narrativo de su historia. En este aspecto me he definido como creyente no católica y me incluiría en el primer grupo, en el que busca un sentido, desde la corporeidad, a la vida y a la muerte.


En la juventud me gustaba jugar con mi identidad de género: a veces, me mostraba muy femenina, otras veces buscaba la mayor masculinidad posible y otras, las que más, me mostraba de una manera difícil de catalogar. Y, así, dejaban de llamarme ratita para llamarme jefe o bien para quedarse balbuceando un ni carne ni pescado. Esta fue mi primera idea de para qué sirve la identidad: para llamarme de alguna manera quienes desconocen mi nombre, además de para indicar la manera de nombrarme en los espacios de enunciación. Y es que, nombrar es un acto político.


Aún no conocía a Preciado ni a Butler ni a Derrida pero, pronto conocí la vida y la obra de Claude Cahun (Figuras 1)(Cahun, 2021) Quedé fascinada. Entendí la identidad como un acto volitivo y que era un determinante en la construcción de un estilo de vida. No se permitían disonancias, aunque mi vida social era un auténtico chirrido. Debería poder armonizar todos los aspectos de mi vida y acabar con los tornados que barrían, a cada momento, mi paisaje psicológico. Para ello era necesaria, y estaba dispuesta a hacerlo, una oposición a las fuerzas sociales domesticadoras del género que fuerzan a desempeñar un rol concreto en beneficio de terceros y a un moldeamiento determinado del cuerpo.



Figuras 1


Mi afición por el arte me llevó a conocer a artistas de distintas disciplinas que me enseñaron que cuanto más fuerte es la identidad, más contundente es el discurso. Pero, la identidad no era una forma de cortejo sino que era una carta de presentación determinante de las distancias relativas a los demás en los mercados de enunciación. En esa época también aprendí que la identidad era un agregado de diferentes ítems como la etnia, la clase social, las creencias, la edad y, por supuesto, el género y el sexo. Descubrí que en algunos ítems partía con una cierta ventaja pero, en otros partía de una posición estigmatizada. Había que seguir adelante sin precipitar resultados. Siempre he estado de acuerdo con M. Wittig (2024) que afirma que las categorías determinantes de la identidad, en el mundo capitalista heterosexista, solo sirven para establecer lazos de dominación.


Más adelante empecé a viajar y a conocer el mundo de la literatura femenina, llena de guiños a la identidad lesbiana pero, guiños tímidos, casi imperceptibles. Fue una época que gané bastante dinero y la vida me sonreía. De todas maneras, aún no encontraba un lugar en el cual estabilizarme. No sabía qué quería.


En Londres, conocí la obra de Man Ray (Figura 2) que me obligó a plantearme que la identidad de género era algo diferente a la identidad sexual. Debería hacer evolucionar mi cuerpo para mostrar mis preferencias sexuales. Había muchas y debía experimentar pero, enfocando las vivencias a un objetivo concreto.




                                                              Figura 2


Descubrí lo que quería cuando conocí a personas que vivían de manera no normativa sin necesidad de esconderse. Para mí, esto se convirtió en lo natural mientras que definí la artificiosidad como la adopción de estilos de vida no deseados. Desde un principio, rechacé la idea que la población se dividía en dos grupos según sus genitales y que , además, esta asignación determinaba a ser el grupo dominante o dominado. A mí me educaron para obedecer. Desde entonces, intenté vivir de la manera más natural posible. No creo que debamos agruparnos según rasgos identitarios y menos aún en base a uno solo ya que esta actitud favorece los discursos de alteridad y el rechazo de lo diferente. Creo que habría que establecer vínculos con aquellas personas con las que se comparten afinidades y preferencias. Parece que esta actitud evita el aislamiento sin generar rechazos. Esto, me permitió establecer amistad con personas muy diferentes, incluso con heteronormativos. Solo hacía falta un poco de respeto. En este punto, me gustaría hacer referencia a la obra de Diane Arbús (figuras 3) que fue capaz de empatizar con personas muy diversas y de buscarles un espacio público donde hacerse visibles.









                                                Figuras 3


Arbús nos mostró muchas identidades y muchas de ellas no deseadas. Creo que su obra nos hace reflexionar sobre la existencia de diversos discursos explicativos de nuestro estar en el mundo. Arbús añade un nuevo tipo de identidad, la forzada y la que no acepta más referentes, la identidad que excluye a todas las identidades y que niega el derecho a construir una identidad propia. Se trata de una violencia social extrema ya que niega la existencia a determinadas personas, a los sin nombre. Este hecho, también lo recoge J. Butler (2009) en su ensayo en el que explica la manera como la cultura regula las disposiciones éticas y afectivas. Así, el contacto visual se establece a través de un marco que organiza, mediante medios selectivos, la experiencia visual a través de operaciones de poder. Se puede aceptar que determinadas personas no merecen ningún sentimiento más allá del rechazo.


Creo que no he llegado a tiempo para interiorizar discursos trans ni ciborgs. Me gustaría poder hacerlo pero, siento que mi identidad está un tanto cristalizada de tantos ejercicios de aceptación. Esto no significa que no me interese por las nuevas propuestas, significa que he conseguido una posición un tanto cómoda y agradable en la vida. Ahora, tengo una cierta experiencia y cosas que disfrutar aunque me intereso por los nuevos discursos y por seguir reivindicando los derechos de los más acogotados.


Bibliografía


Butler, J. (2009) Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Ed. Paidós.


Cahun, C. (2021) Confesiones inconfesas. Ed. Wunderkammer. ISBN 9788412166095.


Platero, R. (2008) Lesboerotismo y masculinidad de las mujeres en la España franquista. Ed. Bagoas pp 29- 52.


Wittig, M. (2024) El pensamiento heterosexual. Ed. Paidós pp 24- 56.