Estas línes serán más un acto de sinceridad que un trabajo académico. Cuesta mucho mirar hacia dentro sin la ayuda de textos sesudos pero, todo es intentarlo.
Nací en el franquismo (Platero, 2008) y pude disfrutar de sus últimos coletazos aunque, a veces, creo que aún existe. Puedo ver retales de la dictadura en los rincones de las casas y en los recovecos de las consciencias. Ahora, todos somos muy liberales pero,… y es ese pero el que se viste de caqui, el que se esconde y está en todas partes. Es como el tamo.
Crecí saltando de armario en armario y oyendo no es necesario explicar con quien te acuestas a cada paso. Pero, pronto descubrí que sí era necesario. En el trabajo (trabajaba en un lugar en que el género no normativo era motivo de despido), los lunes, la gente explicaba sus fines de semana y yo explicaba como si hubiera estado sola o bien optaba por callar. Dejé de ir a las cenas y a determinadas fiestas. Esta actitud se hizo extensiva a otros ámbitos de mi vida hasta formar un caparazón que me aisló del mundo.
Siempre me he definido como mujer ambigua aunque nunca me he planteado si me gustaba esta definición. Es con la que me siento más cómoda, la que me dicta el espejo. Nunca pensé que habitaba un cuerpo ni que era un cuerpo. Creo que esta vivencia está determinada por las creencias de cada cual y por la manera de entender la vida. Así, quienes crean que las personas somos algo más que la química del carbono suelen tener la idea de que el cuerpo es el préstamo de una herramienta para vivir experiencias que hay que interpretar para poder construir un self satisfactorio. Quienes piensan que son un cuerpo acostumbran a defender que son lo que se puede ver y aceptan las modificaciones del cuerpo, voluntarias o no, como un eslabón más del hilo narrativo de su historia. En este aspecto me he definido como creyente no católica y me incluiría en el primer grupo, en el que busca un sentido, desde la corporeidad, a la vida y a la muerte.
En la juventud me gustaba jugar con mi identidad de género: a veces, me mostraba muy femenina, otras veces buscaba la mayor masculinidad posible y otras, las que más, me mostraba de una manera difícil de catalogar. Y, así, dejaban de llamarme ratita para llamarme jefe o bien para quedarse balbuceando un ni carne ni pescado. Esta fue mi primera idea de para qué sirve la identidad: para llamarme de alguna manera quienes desconocen mi nombre, además de para indicar la manera de nombrarme en los espacios de enunciación. Y es que, nombrar es un acto político.
Aún no conocía a Preciado ni a Butler ni a Derrida pero, pronto conocí la vida y la obra de Claude Cahun (Figuras 1)(Cahun, 2021) Quedé fascinada. Entendí la identidad como un acto volitivo y que era un determinante en la construcción de un estilo de vida. No se permitían disonancias, aunque mi vida social era un auténtico chirrido. Debería poder armonizar todos los aspectos de mi vida y acabar con los tornados que barrían, a cada momento, mi paisaje psicológico. Para ello era necesaria, y estaba dispuesta a hacerlo, una oposición a las fuerzas sociales domesticadoras del género que fuerzan a desempeñar un rol concreto en beneficio de terceros y a un moldeamiento determinado del cuerpo.
Mi afición por el arte me llevó a conocer a artistas de distintas disciplinas que me enseñaron que cuanto más fuerte es la identidad, más contundente es el discurso. Pero, la identidad no era una forma de cortejo sino que era una carta de presentación determinante de las distancias relativas a los demás en los mercados de enunciación. En esa época también aprendí que la identidad era un agregado de diferentes ítems como la etnia, la clase social, las creencias, la edad y, por supuesto, el género y el sexo. Descubrí que en algunos ítems partía con una cierta ventaja pero, en otros partía de una posición estigmatizada. Había que seguir adelante sin precipitar resultados. Siempre he estado de acuerdo con M. Wittig (2024) que afirma que las categorías determinantes de la identidad, en el mundo capitalista heterosexista, solo sirven para establecer lazos de dominación.
Más adelante empecé a viajar y a conocer el mundo de la literatura femenina, llena de guiños a la identidad lesbiana pero, guiños tímidos, casi imperceptibles. Fue una época que gané bastante dinero y la vida me sonreía. De todas maneras, aún no encontraba un lugar en el cual estabilizarme. No sabía qué quería.
En Londres, conocí la obra de Man Ray (Figura 2) que me obligó a plantearme que la identidad de género era algo diferente a la identidad sexual. Debería hacer evolucionar mi cuerpo para mostrar mis preferencias sexuales. Había muchas y debía experimentar pero, enfocando las vivencias a un objetivo concreto.
Figura 2
Descubrí lo que quería cuando conocí a personas que vivían de manera no normativa sin necesidad de esconderse. Para mí, esto se convirtió en lo natural mientras que definí la artificiosidad como la adopción de estilos de vida no deseados. Desde un principio, rechacé la idea que la población se dividía en dos grupos según sus genitales y que , además, esta asignación determinaba a ser el grupo dominante o dominado. A mí me educaron para obedecer. Desde entonces, intenté vivir de la manera más natural posible. No creo que debamos agruparnos según rasgos identitarios y menos aún en base a uno solo ya que esta actitud favorece los discursos de alteridad y el rechazo de lo diferente. Creo que habría que establecer vínculos con aquellas personas con las que se comparten afinidades y preferencias. Parece que esta actitud evita el aislamiento sin generar rechazos. Esto, me permitió establecer amistad con personas muy diferentes, incluso con heteronormativos. Solo hacía falta un poco de respeto. En este punto, me gustaría hacer referencia a la obra de Diane Arbús (figuras 3) que fue capaz de empatizar con personas muy diversas y de buscarles un espacio público donde hacerse visibles.
Figuras 3
Arbús nos mostró muchas identidades y muchas de ellas no deseadas. Creo que su obra nos hace reflexionar sobre la existencia de diversos discursos explicativos de nuestro estar en el mundo. Arbús añade un nuevo tipo de identidad, la forzada y la que no acepta más referentes, la identidad que excluye a todas las identidades y que niega el derecho a construir una identidad propia. Se trata de una violencia social extrema ya que niega la existencia a determinadas personas, a los sin nombre. Este hecho, también lo recoge J. Butler (2009) en su ensayo en el que explica la manera como la cultura regula las disposiciones éticas y afectivas. Así, el contacto visual se establece a través de un marco que organiza, mediante medios selectivos, la experiencia visual a través de operaciones de poder. Se puede aceptar que determinadas personas no merecen ningún sentimiento más allá del rechazo.
Creo que no he llegado a tiempo para interiorizar discursos trans ni ciborgs. Me gustaría poder hacerlo pero, siento que mi identidad está un tanto cristalizada de tantos ejercicios de aceptación. Esto no significa que no me interese por las nuevas propuestas, significa que he conseguido una posición un tanto cómoda y agradable en la vida. Ahora, tengo una cierta experiencia y cosas que disfrutar aunque me intereso por los nuevos discursos y por seguir reivindicando los derechos de los más acogotados.
Bibliografía
Butler, J. (2009) Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Ed. Paidós.
Cahun, C. (2021) Confesiones inconfesas. Ed. Wunderkammer. ISBN 9788412166095.
Platero, R. (2008) Lesboerotismo y masculinidad de las mujeres en la España franquista. Ed. Bagoas pp 29- 52.
Wittig, M. (2024) El pensamiento heterosexual. Ed. Paidós pp 24- 56.
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