domingo, 25 de junio de 2017

Narración 13

Unos ahorros

Nunca he tenido una querencia manifiesta por la práctica del ahorro. La táctica de guardar trozos y restos no forma parte de ninguna proyección natural de mi carácter. Además, el cultivo de este arte no me proporciona ninguna sensación de seguridad para planificar el futuro y más bien se convierte en un peso que obstaculiza los gestos anticipatorios de cualquier naturaleza. Y es que cualquier cosa se convierte en una parte de muchas cosas al abandonar su función habitual y hacerse un sitio en alguno de los montones de sin sentidos escondidos en las casas.

De vez en cuando, nuestra intolerancia al tamo nos acerca a alguno de estos montones con la intención de hacer limpieza. Nos encontramos con basura evocadora del pasado, con todo un festival de apegos materializados en una bolsa de plástico con el único centenar de piezas que quedan de un puzzle desaparecido de dos mil, fotografías con caras recortadas, recetas de cocina para microondas, camisetas, trozos de papel con frases de Risso que algún día fueron un intento de ampliación del horizonte de conclusiones, catálogos de muebles auxiliares, billetes de tren a ninguna parte, bolsos con la cremallera rota, zapatillas sin cordones, libros sin portadas y con no todas las páginas pero, con anotaciones en los márgenes como historias subalternas. Montones que forman una narrativa compulsiva hecha con trozos de lo inmediato como si fuera un relato por entregas lleno de finales.

El sentido de esta afición acumulativa de basura con carga narrativa sólo la encuentro en la posibilidad de tener algo con que contar al inicio de cualquier experiencia vital y poder así, empezar la nueva experiencia desde el punto de acumulación. Acumulación que se presenta como una realidad dislocada y atemporal por la pérdida de su ubicación en el paisaje psicológico y la búsqueda constante de cada uno de los fragmentos de su lugar de origen. Se trata que la vida transcurra entre cúmulos de referencias transnarrativas. A veces, ahorro en muchos de mis gestos vitales con la intención de reciclar esfuerzos y de guardar aquello que pueda servir para otras veces. Es un ahorro inútil y suele acabarse cuando meto todo el montón en una bolsa de basura y, sin mirar lo que hay, lo tiro todo al contenedor. Todo un gesto de liberación. No parece necesario perder el tiempo con retales aunque los sigo amontonando. Creo que este hàbito de amontonar me fue inculcado por mis padres. Nacidos en los años treinta, hijos de la Guerra Civil e integrantes de la generación del silencio. Y es que la guerra quitó la voz a quienes no quitó la vida.

Mi infancia pasó entre armarios regados con naftalina. Aún no entiendo cómo manteníamos el sentido al ponernos los abrigos con aquel olor. Las estanterías estaban llenas de por si acasos como linternas, fusibles, cinta aislante y botellas de alcohol. En los cajones había ropa interior, trozos de papeles con anotaciones sin sentido, facturas de nada con las fechas borradas y las cartillas de los bancos que nos permitían vivir unos días si faltaban los ingresos. El placer de la cosa bien hecha lo daba conseguir hacerlo todo con un poco menos de lo previsto para guardar, como en una madriguera, el máximo de cosas para el invierno. También se ahorró con mi infancia que se quedó en uno de esos armarios, en la estantería de lo que podía haber sido.


Al principio no me di mucha cuenta de que me estaba calando hondo el hábito del ahorro. Todo consiste en recortar lo que sobresale para hacerlo encajar después, en cualquier parte y emborronar así las nuevas escenas vividas. En la nueva escenografía todo vale: retales de bloqueos, de propósitos y trozos de incapacidad. También empecé a guardar cartas y las firmas de quienes no las escribian, trozos de conversaciones y gritos no oídos, guardé malas palabras y la reescritura de las situaciones vividas. Ahorré lágrimas y risas anónimas, les puse un discurso prestado a aquellas bocas que se abrían y se cerraban, ahorré la iteración de los discursos diarios y así, pude recortar las obsesiones de mi madre y la ferocidad de mi padre. Con todos estos retales hice una escenografía con vivencias que otros vivieron y con lo que dijeron otras personas para explicarse. Y es que el ahorro permite vivir otras vidas que se vuelven reales con el paso del tiempo. Este es el verdadero arte de hacer montones, es una manera de ser feliz.      

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