Unos ahorros
Nunca
he tenido una querencia manifiesta por la práctica del ahorro. La
táctica de guardar trozos y restos no forma parte de ninguna
proyección natural de mi carácter. Además, el cultivo de este arte
no me proporciona ninguna sensación de seguridad para planificar el
futuro y más bien se convierte en un peso que obstaculiza los gestos
anticipatorios de cualquier naturaleza. Y es que cualquier cosa se
convierte en una parte de muchas cosas al abandonar su función
habitual y hacerse un sitio en alguno de los montones de sin sentidos
escondidos en las casas.
De
vez en cuando, nuestra intolerancia al tamo nos acerca a alguno de
estos montones con la intención de hacer limpieza. Nos encontramos
con basura evocadora del pasado, con todo un festival de apegos
materializados en una bolsa de plástico con el único centenar de
piezas que quedan de un puzzle desaparecido de dos mil, fotografías
con caras recortadas, recetas de cocina para microondas, camisetas,
trozos de papel con frases de Risso que algún día fueron un intento
de ampliación del horizonte de conclusiones, catálogos de muebles
auxiliares, billetes de tren a ninguna parte, bolsos con la
cremallera rota, zapatillas sin cordones, libros sin portadas y con
no todas las páginas pero, con anotaciones en los márgenes como
historias subalternas. Montones que forman una narrativa compulsiva
hecha con trozos de lo inmediato como si fuera un relato por entregas
lleno de finales.
El
sentido de esta afición acumulativa de basura con carga narrativa
sólo la encuentro en la posibilidad de tener algo con que contar al
inicio de cualquier experiencia vital y poder así, empezar la nueva
experiencia desde el punto de acumulación. Acumulación que se
presenta como una realidad dislocada y atemporal por la pérdida de
su ubicación en el paisaje psicológico y la búsqueda constante de
cada uno de los fragmentos de su lugar de origen. Se trata que la
vida transcurra entre cúmulos de referencias transnarrativas. A
veces, ahorro en muchos de mis gestos vitales con la intención de
reciclar esfuerzos y de guardar aquello que pueda servir para otras
veces. Es un ahorro inútil y suele acabarse cuando meto todo el
montón en una bolsa de basura y, sin mirar lo que hay, lo tiro todo
al contenedor. Todo un gesto de liberación. No parece necesario
perder el tiempo con retales aunque los sigo amontonando. Creo que
este hàbito de amontonar me fue inculcado por mis padres. Nacidos en
los años treinta, hijos de la Guerra Civil e integrantes de la
generación del silencio. Y es que la guerra quitó la voz a quienes
no quitó la vida.
Mi
infancia pasó entre armarios regados con naftalina. Aún no entiendo
cómo manteníamos el sentido al ponernos los abrigos con aquel olor.
Las estanterías estaban llenas de por si acasos como linternas,
fusibles, cinta aislante y botellas de alcohol. En los cajones había
ropa interior, trozos de papeles con anotaciones sin sentido,
facturas de nada con las fechas borradas y las cartillas de los
bancos que nos permitían vivir unos días si faltaban los ingresos.
El placer de la cosa bien hecha lo daba conseguir hacerlo todo con un
poco menos de lo previsto para guardar, como en una madriguera, el
máximo de cosas para el invierno. También se ahorró con mi
infancia que se quedó en uno de esos armarios, en la estantería de
lo que podía haber sido.
Al
principio no me di mucha cuenta de que me estaba calando hondo el
hábito del ahorro. Todo consiste en recortar lo que sobresale para
hacerlo encajar después, en cualquier parte y emborronar así las
nuevas escenas vividas. En la nueva escenografía todo vale: retales
de bloqueos, de propósitos y trozos de incapacidad. También empecé
a guardar cartas y las firmas de quienes no las escribian, trozos de
conversaciones y gritos no oídos, guardé malas palabras y la
reescritura de las situaciones vividas. Ahorré lágrimas y risas
anónimas, les puse un discurso prestado a aquellas bocas que se
abrían y se cerraban, ahorré la iteración de los discursos diarios
y así, pude recortar las obsesiones de mi madre y la ferocidad de mi
padre. Con todos estos retales hice una escenografía con vivencias
que otros vivieron y con lo que dijeron otras personas para
explicarse. Y es que el ahorro permite vivir otras vidas que se
vuelven reales con el paso del tiempo. Este es el verdadero arte de
hacer montones, es una manera de ser feliz.
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